Pesadillas: cuando dormir no significa descansar

Puedes haber dormido ocho horas y levantarte con la sensación de haber pasado la noche en cualquier sitio menos descansando. Las pesadillas pueden alterar nuestro sueño, dejarnos activados al despertar y acompañarnos incluso durante el día. ¿Qué ocurre mientras dormimos y cuándo deberíamos prestarles atención?

Hay noches en las que cerramos los ojos, dormimos durante horas y despertamos descansados.

Y hay otras en las que aparentemente hemos hecho lo mismo, pero el resultado es completamente diferente.

Abrimos los ojos cansados, con el recuerdo de una pesadilla todavía presente y, a veces, con la sensación de que nuestro cuerpo ha tardado más que nosotros en darse cuenta de que aquello no estaba ocurriendo realmente.

Las pesadillas son experiencias muy comunes y tener una de vez en cuando no significa que exista ningún problema psicológico.

Sin embargo, cuando son intensas o frecuentes pueden afectar a la calidad del sueño y tener consecuencias durante el día. Y aunque llevamos mucho tiempo intentando comprender por qué soñamos —y por qué algunas noches nuestro cerebro parece especializarse en escribir guiones de terror— todavía hay preguntas para las que la ciencia no tiene una respuesta definitiva.

¿Qué es exactamente una pesadilla?

No todo sueño desagradable es necesariamente una pesadilla.

Las pesadillas son sueños intensamente perturbadores que suelen contener emociones negativas —con frecuencia miedo, ansiedad o angustia— y que pueden provocar que despertemos. Habitualmente podemos recordar buena parte de lo que estábamos soñando.

Esto las diferencia, por ejemplo, de los terrores nocturnos, en los que la persona puede incorporarse, gritar o mostrar una gran activación mientras continúa parcialmente dormida y posteriormente recordar poco o nada de lo ocurrido.

Las pesadillas aparecen con frecuencia durante el sueño REM, aunque no son exclusivas de esta fase y también se han documentado despertares por pesadillas desde sueño no REM.

Y esto nos lleva a una de las partes más interesantes.

¿Qué hace nuestro cerebro mientras soñamos?

Dormir no significa que el cerebro se apague.

A lo largo de la noche atravesamos diferentes fases del sueño, con patrones distintos de actividad cerebral. El sueño REM —llamado así por los movimientos oculares rápidos que lo caracterizan— está especialmente asociado a los sueños vívidos.

Durante esta fase participan redes cerebrales relacionadas con la emoción y la memoria, y existe evidencia de que el sueño REM interviene en determinados procesos de consolidación de recuerdos emocionales.

Eso ha dado lugar a una idea muy atractiva: que durante el sueño nuestro cerebro podría estar reprocesando e integrando experiencias emocionales.

Y aquí merece la pena detenernos.

Que el sueño participe en procesos de memoria y emoción cuenta con respaldo científico.

Que podamos afirmar que una determinada pesadilla es el cerebro procesando exactamente este conflicto o este recuerdo es otra cosa.

Existen distintos modelos que intentan explicar la relación entre REM, regulación emocional y pesadillas, pero algunos de sus mecanismos continúan siendo hipótesis que necesitan más evidencia experimental.

Por eso conviene ser prudentes con frases aparentemente científicas como «has soñado esto porque tu cerebro está procesando aquello».

Puede ser una interpretación plausible.

No podemos saberlo simplemente mirando el contenido de un sueño.

Entonces, ¿de dónde salen esas historias tan extrañas?

Esta probablemente sea una de las partes más fascinantes de soñar.

Un antiguo compañero aparece en nuestra casa actual.

Nuestra casa tiene una habitación que jamás ha existido.

Salimos por la puerta y estamos en otro país.

Y nada de aquello nos resulta particularmente sospechoso hasta que despertamos.

Los sueños pueden incorporar recuerdos, personas, preocupaciones, emociones y experiencias recientes o antiguas, pero no funcionan necesariamente como una reproducción literal de nuestra memoria.

El cerebro puede combinar esos elementos y construir escenarios nuevos.

Por eso no existe un diccionario científico universal de los sueños en el que una casa signifique una cosa, una caída otra y determinado animal revele automáticamente un conflicto psicológico concreto.

Eso no significa que reflexionar sobre nuestros sueños sea inútil.

Preguntarnos qué asociaciones nos despiertan, qué emoción predominaba o por qué determinado contenido nos ha afectado puede ser personalmente interesante e incluso tener utilidad dentro de determinados procesos terapéuticos.

Pero una cosa es explorar nuestro propio significado.

Y otra muy distinta asumir que existe un código universal esperando ser descifrado.

¿Por qué una pesadilla puede dejarnos tan cansados?

Aquí llegamos a algo que cualquiera que haya pasado una mala noche reconoce rápidamente:

puedes haber dormido muchas horas y no sentir que has descansado.

Las pesadillas intensas pueden provocar despertares y están acompañadas de activación fisiológica. Durante una pesadilla pueden producirse cambios relacionados con la respuesta autonómica y, al despertar, podemos notar taquicardia, sudoración, respiración acelerada o tensión.

Además, cuando las pesadillas son frecuentes pueden deteriorar la calidad del sueño.

Y no solo importa cuánto dormimos.

También importa cómo dormimos.

Un sueño fragmentado o poco reparador puede traducirse al día siguiente en somnolencia, fatiga, menor capacidad de concentración o peor funcionamiento cotidiano. En personas con trastorno de pesadillas, mejorar las pesadillas puede mejorar también la calidad del sueño y la alerta durante el día.

Por eso levantarse agotado después de una noche especialmente agitada no significa necesariamente que «el cerebro haya gastado muchísima energía soñando».

La explicación es más compleja y tiene que ver, entre otros factores, con cómo esa noche ha afectado a la continuidad y calidad de nuestro descanso.

Estrés, emociones y pesadillas

Las pesadillas pueden aparecer sin que exista ningún trastorno.

Pero sabemos que determinadas circunstancias pueden favorecerlas.

El estrés es una de ellas. También pueden aparecer asociadas a acontecimientos emocionalmente intensos, algunos medicamentos, otros problemas del sueño y diferentes trastornos psicológicos.

Existe además una relación especialmente conocida entre pesadillas y experiencias traumáticas.

En el trastorno de estrés postraumático, las pesadillas pueden formar parte de la sintomatología y, en algunos casos, guardar relación con lo sucedido. Pero incluso las pesadillas relacionadas con trauma no tienen por qué ser una reproducción literal del acontecimiento.

Aquí volvería a evitar una conclusión demasiado sencilla:

tener pesadillas no significa necesariamente que exista un trauma.

Una pesadilla ocasional entra dentro de la experiencia humana normal.

¿Y si aparecen durante un proceso terapéutico?

Esta pregunta es especialmente interesante porque a veces, cuando estamos trabajando con material emocional, podemos notar cambios en nuestros sueños y preguntarnos si están relacionados.

En terapias centradas en trauma, incluido EMDR, las experiencias relacionadas con sueño y pesadillas son un área de interés clínico. La propia EMDR aparece entre las intervenciones que la AASM considera que pueden utilizarse para pesadillas asociadas al TEPT, aunque para el trastorno de pesadillas la intervención con respaldo específico más claro es otra: la terapia de ensayo en imaginación.

Lo que no podemos afirmar de forma general es que tener más pesadillas después de una sesión signifique que «el cerebro está terminando de procesar el trauma durante el sueño».

Es una explicación posible dentro de algunos modelos teóricos, pero sería ir más allá de la evidencia disponible presentarla como un mecanismo demostrado.

Podemos observarlo.

Podemos hablarlo en terapia.

Pero no necesitamos otorgarle automáticamente un significado.

Cuando las pesadillas dejan de ser simplemente una mala noche

Tener una pesadilla de vez en cuando no suele requerir intervención.

La situación cambia cuando se vuelven recurrentes, provocan un malestar importante, generan miedo a irse a dormir o empiezan a interferir con el descanso y el funcionamiento durante el día.

Y esto me parece especialmente importante porque existe la idea de que con las pesadillas simplemente hay que resignarse.

No necesariamente.

Hay tratamientos psicológicos específicos.

Uno de los más estudiados es la Imagery Rehearsal Therapy (IRT), o terapia de ensayo en imaginación.

De manera simplificada, la persona modifica despierta el argumento de una pesadilla recurrente —creando una versión diferente y menos amenazante— y ensaya mentalmente ese nuevo escenario.

No se trata de buscar qué «significa» la pesadilla.

Se trabaja directamente con ella.

La American Academy of Sleep Medicine recomienda la IRT para el trastorno de pesadillas y para las pesadillas asociadas al TEPT. Existen otras intervenciones que pueden utilizarse en determinados casos, aunque la evidencia no es igual para todas ellas.

Quizá no siempre tengamos que preguntar qué significa

Cuando despertamos después de una pesadilla especialmente intensa es comprensible querer encontrar una explicación.

¿Por qué he soñado esto?

¿Por qué ha aparecido esa persona?

¿De dónde ha salido ese lugar?

Algunas veces explorar esas preguntas puede resultar interesante.

Pero quizá no necesitemos convertir cada pesadilla en un acertijo.

Podemos preguntarnos también:

¿Cómo estoy durmiendo?

¿Estoy atravesando una época especialmente estresante?

¿Esto ocurre ocasionalmente o empieza a repetirse?

¿Cómo me está afectando durante el día?

Porque a veces lo relevante de una pesadilla no está escondido en algún símbolo misterioso.

Está en algo mucho más evidente.

En cómo hemos dormido.

En cómo hemos despertado.

Y en cómo nos encontramos cuando empieza el día.

¿Y por qué me dio por hablar de pesadillas?

Todo esto empezó de una forma bastante menos académica: después de una noche especialmente movidita y de levantarme pensando que había dormido… pero desde luego no había descansado.

De ahí nació primero una reflexión más personal sobre esas noches en las que nuestro cerebro parece contratar a un guionista de terror sin pedirnos permiso.

→ Puedes leerla en Substack: Anoche dormí. Pero no descansé.

Referencias:

Gieselmann, A., Ait Aoudia, M., Carr, M., Germain, A., Gorzka, R., Holzinger, B., Kleim, B., Krakow, B., Kunze, A. E., Lancee, J., Nadorff, M. R., Nielsen, T., Riemann, D., Sandahl, H., Schlarb, A. A., Schmid, C., Schredl, M., Spoormaker, V. I., Steil, R., & Pietrowsky, R. (2019). Aetiology and treatment of nightmare disorder: State of the art and future perspectives. Journal of Sleep Research, 28(4), e12820.

Akkaoui, M. A., Lejoyeux, M., d’Ortho, M. P., & Geoffroy, P. A. (2023). Nightmares and psychiatric symptoms: A systematic review of longitudinal, experimental, and clinical trial studies. Neuroscience & Biobehavioral Reviews.

Morgenthaler, T. I., Auerbach, S., Casey, K. R., et al. (2018). Position Paper for the Treatment of Nightmare Disorder in Adults: An American Academy of Sleep Medicine Position Paper. Journal of Clinical Sleep Medicine, 14(6), 1041–1055.

© 2026 Sentir y Sanarte · Psicología y terapias integradoras
Psicóloga Colegiada Nº A – 04134 · COP Aragón
Política de Privacidad | Aviso Legal | Política de Cookies