Hay pérdidas con las que, con el tiempo, aprendemos a convivir.
La ausencia sigue estando ahí, pero ya no ocupa todo el espacio. Recuperamos rutinas, hacemos planes, volvemos a disfrutar, construimos nuevos vínculos y podemos recordar a la persona que murió sin sentir siempre la intensidad emocional de los primeros momentos.
Y entonces, un día cualquiera, sucede algo.
Escuchas una canción. Vuelves a un lugar. Encuentras una fotografía. Lees una frase. Ves una película o una serie en la que reconoces una relación parecida a la que tú tuviste.
Y vuelve a doler.
A veces, mucho.
Es fácil que aparezca entonces una pregunta: «¿Cómo puedo estar otra vez así después de tanto tiempo?»
Pero que una pérdida vuelva a doler no significa necesariamente que hayas retrocedido en tu duelo.
El duelo no sigue una línea recta
Durante mucho tiempo se ha popularizado una visión bastante lineal del duelo: atravesamos determinadas etapas, dejamos unas atrás y finalmente alcanzamos una especie de punto de llegada.
La experiencia real suele ser bastante menos ordenada.
Adaptarnos a la muerte de alguien importante implica aprender a vivir en una realidad en la que esa persona ya no está físicamente. Pero esto no exige borrar el vínculo que existió ni dejar de sentir emociones relacionadas con él.
Los modelos contemporáneos del duelo han cuestionado precisamente la idea de que una adaptación saludable requiera desprendernos emocionalmente de quien ha muerto. El concepto de vínculos continuados (continuing bonds) describe las diferentes formas en las que una relación significativa puede seguir formando parte de nuestra vida después de una pérdida: a través de recuerdos, valores, objetos, conversaciones internas, costumbres o del significado que esa persona sigue teniendo para nosotros.
No seguimos relacionándonos con esa persona de la misma manera. La relación cambia porque la realidad ha cambiado.
Pero que cambie no significa que tenga que desaparecer.
¿Por qué algo aparentemente pequeño puede hacer que vuelva el dolor?
Nuestros recuerdos no existen aislados de las emociones, los lugares, los sentidos o las experiencias con las que fueron construidos.
Por eso no siempre necesitamos estar pensando conscientemente en una pérdida para conectar con ella.
Puede bastar una canción que escuchabais juntos. Un olor conocido. Una época del año. Una comida. Una conversación. Encontrarnos haciendo algo que antes habríamos querido contarle.
O incluso algo tan cotidiano como sentarnos a ver una serie y reconocer en dos personajes una complicidad que se parece demasiado a una que conocimos.
De repente, no estamos respondiendo únicamente a lo que tenemos delante. Eso que estamos viviendo ha encontrado un vínculo importante de nuestra propia historia.
Y durante un rato la ausencia puede hacerse mucho más presente.
Recordar no siempre es lo mismo que echar de menos
Podemos recordar frecuentemente a alguien que ha muerto sin experimentar cada vez un dolor intenso.
Con el paso del tiempo, muchos recuerdos encuentran su lugar dentro de nuestra historia. Podemos hablar de esa persona, pensar en ella o recordar determinadas situaciones desde el cariño.
Pero algunos estímulos pueden acercarnos momentáneamente a otra parte de la pérdida: todo aquello que ya no podremos seguir compartiendo.
Porque en el duelo no perdemos únicamente a una persona.
También perdemos conversaciones futuras. Celebraciones. Bromas que todavía no se habían producido. La posibilidad de llamar para contar algo. Preguntar qué opina. Compartir un libro. Discutir. Reconciliarnos. Seguir acumulando experiencias juntos.
La literatura sobre duelo señala precisamente esa dimensión relacional: ante una pérdida significativa no solo tenemos que adaptarnos a la muerte de alguien, sino también a la transformación de una relación que formaba parte de nuestra propia vida e identidad.
Quizá por eso algunas situaciones aparentemente pequeñas pueden tocarnos tan profundamente.
Que vuelva a doler no borra todo lo avanzado
Este punto me parece especialmente importante.
Si después de meses o años algo relacionado con una persona que murió vuelve a emocionarte intensamente, ese momento aislado no permite concluir que hayas vuelto al inicio del duelo.
Puedes haber integrado esa pérdida en tu historia y, aun así, echar muchísimo de menos.
Puedes haber reconstruido tu vida y llorar al escuchar determinada canción.
Puedes estar bien y tener un día en el que no lo estés.
Una cosa no invalida necesariamente la otra.
Mantener una conexión interior con alguien que murió es una experiencia frecuente en el duelo. La investigación sobre vínculos continuados ha encontrado múltiples formas de mantener esa conexión y muestra que, para muchas personas, puede formar parte de la adaptación a la pérdida, aunque la manera en que se vive ese vínculo y sus efectos varían entre personas y circunstancias.
Por eso quizá sea más útil preguntarnos cómo convivimos con ese vínculo que medir nuestro duelo por cuánto tiempo somos capaces de pasar sin sentir tristeza.
Cuando la tristeza empieza a convivir con el cariño
Con el tiempo puede producirse también un cambio muy sutil.
La tristeza deja de llegar siempre sola.
A veces aparece acompañada de ternura. De una anécdota que nos hace sonreír. Del agradecimiento por haber conocido a esa persona. Del reconocimiento de cuánto de ella sigue formando parte de nosotros.
Podemos sentir dolor por lo que ya no podremos vivir y, simultáneamente, gratitud por todo lo que sí vivimos.
No son emociones incompatibles.
De hecho, integrar una pérdida no consiste necesariamente en conseguir que deje de importarnos. Podemos aceptar la realidad de la muerte y continuar construyendo nuestra vida mientras conservamos una conexión emocional y simbólica con quien murió. Esa transformación del vínculo ocupa un lugar importante en las concepciones actuales del duelo.
Quizá ese día solo necesites echar de menos
Cuando uno de esos momentos aparece, no siempre necesitamos hacer algo para que desaparezca rápidamente.
Podemos detenernos.
Reconocer qué nos ha tocado.
Dejar que aparezca la tristeza si necesita aparecer.
Recordar.
Hablar de esa persona con alguien.
Escribir.
Llorar.
O simplemente pensar durante un rato: «Hoy te echo mucho de menos».
No todo regreso momentáneo del dolor necesita interpretarse como un problema que tenemos que solucionar.
A veces estamos sintiendo la huella de un vínculo que fue importante.
Y podemos hacerle un poco de sitio antes de continuar.
Porque seguir viviendo no exige olvidar a quienes ya no están. A veces significa aprender a llevar su ausencia —y también todo lo que nos dejaron— de una manera diferente.
Cada duelo es diferente.
No existe un calendario que determine cuánto debería durar ni una única manera correcta de vivirlo. Sin embargo, si el dolor permanece con una intensidad que interfiere de forma importante y persistente en tu vida cotidiana, o sientes que necesitas un espacio en el que poder expresarlo y comprender lo que estás viviendo, buscar acompañamiento profesional puede ayudarte.
Conocer el acompañamiento en duelo
Referencias:
Klass, D., Silverman, P. R. & Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing Bonds: New Understandings of Grief. Taylor & Francis.
Stroebe, M. & Schut, H. (1999). The Dual Process Model of Coping with Bereavement: Rationale and Description. Death Studies, 23(3), 197–224.
Stroebe, M. & Schut, H. (2010). The Dual Process Model of Coping with Bereavement: A Decade On. OMEGA — Journal of Death and Dying, 61(4), 273–289.